#TALADROLITERARIO SOLEDAD

#TALADROLITERARIO

SOLEDAD
Por: Eclécticus

El pequeño Ismael caminaba entusiasmado por las calles aledañas a su casa pues tenía varias monedas en la mano, éstas fueron dadas por su padre y le permitirían comprar dulces y galletas que eran su debilidad, sabía que eran resultado de su buena conducta y excelentes calificaciones, era un niño de muy buen comportamiento y regularmente recibía éste tipo de alicientes, aunque no era por ellos que él se comportara de esa manera, más bien, su naturaleza era gentil y no habría que forzarlo a mostrar su lado bueno, ya que casi por entero, lo era.
Al fin llega a la tiendita, la más frecuentada por los vecinos, ya que aparte de bien surtida, tenía buenos precios y el trato era amable, pues Don Gordo, el dueño del local, conocía desde hace mucho, a casi todos sus clientes y además era un tipo agradable y servicial.
Entró y se dirigió al mostrador a pedir sus golosinas, ahí estaba Claudio, digamos que era el chiquillo rebelde del vecindario, que al ver a Ismael, esbozó una sonrisa pícara, algo tramaba el chamaco.
¡Hola Isma! ¿Ya tan temprano a la tiendita?
Si amigo, ya sabes que para el antojo no hay hora. Don Gordo, me da diez pesos de galletas de chocolate sueltas y cinco de dulces de naranja y limón, combinados por favor.
Si Ismael, como no. ¿Cómo están tus papás? hace dos días no vienen por aquí.
Pues, muy bien, gracias, ya sabe, como están ocupados cada quien en sus cosas, no tienen mucho tiempo disponible.
Pos eso sí, ellos siempre trabajando, ni hablar, en estos tiempos, si no trabaja papá y mamá, las cosas se ponen difíciles.
Y asintió con la cabeza, pero la expresión de su rostro dejó ver cierta tristeza, que de inmediato cambió, por una sonrisa enmascaradora.
Don Gordo, compresivo, cambió de inmediato de tema y volteando a ver a Claudio que tenía una expresión de ¿a ver a qué hora? Le dijo en tono serio: ¡Ni hablar, de ninguna manera te voy a vender cigarros! ¡ Además de que eres un niño, si lo hago me meto en un gran problema, ya no insistas, ni yendo a bailar a Chalma te los voy a vender.
Y Claudio, fastidiado, dando por perdida la discusión, pidió otra cosa: Bueno, deme unos sobres de chamoy y una bolsa de papas, a ver si no también eso está prohibido.
Y el buen hombre, moviendo la cabeza, despachó al irónico Claudio.
Bueno Don Gordo, ya me voy a casa, que tenga muy buen día. Se despidió Ismael.
Que te vaya muy bien, regresa pronto, me saludas a tus papás.
Muchas gracias. Y salió de la tienda.
No bien hubiera avanzado unos pasos, escuchó la voz de Claudio que corriendo hacia él, lo llamaba: ¡Espérame Isma! ¿A dónde vas tan rápido?
Voy a mi casa, ¿a dónde más?
Oye, ¿No te gustaría ir a un lugar donde dicen que aparece un hombrecillo, un tipo pequeño y que persigue a los niños para morderlos?
¡No, como crees! ¡Eso debe ser espantoso! Además, mi mamá me dijo que cuando regresara, la tarea debía estar ya lista y la verdad, no me gusta desobedecer.
¡No seas aburrido ni miedoso! ¡Solo va a ser un ratito! ¡No te vas a arrepentir, es la pura emoción!
Ismael se detiene y lo mira indeciso.
¿Tú ya fuiste?
No, pero me contó Norberto, el chavo ese que ya va a la secundaria, que él ya lo vió y hasta lo correteó un buen rato, qué no lo pudo alcanzar, pero que por los gruñidos y rechinidos de dientes que lo oyó hacer, sabe que estaba muy enojado el duende.
¿Du…duendeee?
Así le dijo, pero yo más bien pienso que es un señor chaparrito y muy berrinchudo ¿No te gustaría ir a hacerlo enojar?
¡Claro que no! ¡Yo respeto mucho a los mayores, no importando su tamaño o manera de ser!
Será solo un juego, solo una vez y ya, para que no nos platiquen.
Intrigado, Ismael preguntó: ¿Y dónde vive ese duende… digo…señor chaparrito?
Te acuerdas de las cabañas que no terminaron de construir, que dizque porque los terrenos donde se estaban haciendo se encontraban sobre un cementerio antigüo y que al hacer las excavaciones rompieron algunos ataúdes y de plano, mejor lo dejaron por la paz, volvieron a enterrar a los muertos y las cabañas que ya estaban construidas, que fueron sólo cinco, las abandonaron y pues así se quedaron, eso ya hace varios años, ahí dicen que aparece este hombrecillo y cuentan que defiende con mucha furia su horrible casa.
¿Y quién lo ha visto? Preguntó Claudio temeroso.
Pues muy pocos, pero si Norberto dice que ya lo vio y hasta lo persiguió, yo le creo, es un chavo muy valiente, muy broncudo y no se anda por las ramas ¿Para qué va a andar inventando esas cosas y quedar como el cobarde que corrió cuando un enanito lo persiguió?
Pues eso sí, oye, pero si vamos, yo me quedo afuera, no quiero entrar a esa casa vieja, sería invadir su propiedad y eso no estaría bien.
¡No es su propiedad, se metió a la brava y pues para mí, tenemos el mismo derecho de estar ahí que él!
Bueno, vamos, pero a la primera señal de que está realmente allí, nos vamos de inmediato ¿te parece?
Sí, no te preocupes, además, el que va a entrar a la cabaña soy yo ¿no lo recuerdas?
Bueno, vamos.
Caminaron hacia las afueras de esa población tranquila, cada quien con diferentes expectativas y pensamientos, Ismael, habituado a una vida serena siempre ordenada y de respeto, se sentía el peor transgresor del mundo, una alimaña, que profanaría el hogar de una persona que a su parecer, merecía respeto y que se le dejara en paz, Claudio, por el contrario, estaba muy emocionado y ansioso por llegar y cerciorarse por el mismo, de la existencia de ese ser, que por los relatos de aquí y de allá, era un ente maligno, que odiaba a la gente y no toleraba que alguien se acercara y menos que traspusiera la puerta de esa cabaña a la que consideraba su hogar. Tal vez, ni existiera y lo que contó Norberto, era sólo una artimaña para, como siempre, ser el centro de atención.
Luego de un rato de caminar sin detenerse, por fin avistaron las cinco casuchas viejas y abandonadas, éstas estaban rodeadas por grandes árboles de grueso tronco, que parecían custodiarlas como fieles centinelas, con sus espesos ramajes inclinados hacia los tejados, como gigantes protectores que nunca abandonan su puesto.
Ismael se detuvo en seco, su rostro denotaba temor, la vista de ese lugar lo imponía, Claudio, con una mirada alentadora, trató de tranquilizar al chiquillo, sin embargo, en su fuero interno, sentía el mismo miedo que Ismael o quizá más, pero, fanfarrón como era, jamás daría un paso atrás y permitiría que su imagen de rebelde y atrevido, se viera manchada.
¡Vamos Isma, ya nos falta poco para llegar, lo vemos y nos vamos luego, luego!
El niño asintió, no muy convencido y reanudó el paso, como si se dirigiera al cadalso, a cumplir su condena de muerte.
Finalmente estaban ante la puerta de la cabaña central, flanqueada a ambos costados por dos casuchas de igual diseño, casas de madera, que en sus buenos tiempos debieron ser bellos habitáculos de descanso que jamás fueron ocupados por lo inadecuado del lugar donde se construyeron.
Ciertamente, esos terrenos eran un cementerio que databa del tiempo de la revolución, época en que la violencia era el pan de cada día y las muertes se contaban por miles, tiempos de lucha contra la injusticia de un sistema que favorecía a los grandes Hacendados y a crueles Caciques que bajo su dominio de terror, vivían sojuzgados muchísimos campesinos y gente humilde que sufrió los peores tormentos y muertes más sádicas
Claudio, intrépido como era, empezó a caminar hacia el umbral deteriorado y arruinado por el paso inmisericorde del tiempo, al llegar justo a un metro de él, volteó a ver a Ismael para encontrar en su mirada algún hálito de confianza o ánimo que lo impulsara a trasponer esa puerta, sólo vio un par de ojos como platos que nada ayudaban y por un segundo dudó en entrar, luego, respirando profundamente, tomó la perilla de la puerta, la hizo girar y abrió… el rechinido fue espectral, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, no obstante, empezó a avanzar hacia el interior.

Por haber sido la casa de muestra, se encontraba amueblada, la sala, al parecer, de buena calidad, estaba enmohecida por las filtraciones y la humedad reinantes, habían agujeros en los sillones y la mesa de centro, tenía el cristal roto, el comedor al igual, estaba muy deteriorado, las sillas caídas, unas con una pata rota, e incluso, otras con varias faltantes, habían telarañas por doquier. Llegó al pie de una escalinata, los peldaños eran una trampa, ya que la madera estaba podrida en algunas secciones, si quería subir, debía tener mucho cuidado.
Ismael ya no podía ver desde el punto donde se encontraba a su amigo, intrigado, dio unos pasos rumbo a la entrada, pero otra vez se detuvo, no le gustaba nada el aspecto y vibración de ese lugar, que a leguas se notaba, estaba deshabitado. No podía ser posible que alguien pudiese vivir allí.
Claudio miraba hacia arriba, al pie de esas escaleras tétricas, no se animaba a dar el primer paso, luego de varios segundos de duda, inició el ascenso.
El sonido de la madera al soportar el peso del muchacho, parecía más bien, el lamento de un alma dolorida y en terrible penar. Así continuó si detenerse hasta que estuvo en el siguiente nivel, no se veía la presencia de nadie, tal vez, ese ser del que se hablaban cosas tan atemorizantes, era simplemente, fruto de la imaginación de alguien, que pasó de boca en boca y que al cabo de tanto rodar, se tomó como algo que podía ser cierto y que mantenía a la mayoría de la población, alejada de ahí.
Ismael, expectante, no aguantó el permanecer afuera, abandonando a su compañero de expedición, al ver que no se oía ni se veía algo fuera de lo común, entró también a la cabaña.
Claudio ya estaba en una de las habitaciones, seguramente la destinada a los adultos pues era grande y la cama que ahí se encontraba era King size, también, arruinada, como todo lo allí existente. Sobre un tocador de espejo roto, había un portarretratos con la efigie de una modelo, puesto en ese lugar por la persona que se encargó de la decoración. Dos buroes al costado de la cabecera y un closet de puertas apolilladas y caídas. Salió y se dirigió a la habitación de al lado, que seguramente era la destinada para los niños.
Se paró frente a la puerta cerrada, la sensación de la piel erizándose lo contuvo de abrir, algo le decía que dejara así las cosas, diera media vuelta y se fuera de ahí inmediatamente, más su natural obstinación, era más fuerte que ese sexto sentido que advierte de los riesgos que ojos, oídos y olfato, no pueden percibir.
Sin seguirlo pensando, abrió la puerta, un frío no acorde con la temperatura reinante lo desconcertó, más en vez de cerrar y retirarse, decidió proseguir. Al igual que en la anterior habitación, había una cama, a diferencia de la primera esta era doble, dos pequeños buroes también flanqueaban el mueble y un pequeño tocador con su espejo, pero éste, intacto.
Se dirigió rumbo closet de menor tamaño que el de la primera recámara, ideal para guardar la ropa de los pequeños del hogar. Se encontraba cerrado, las puertas, al parecer, funcionaban. Corrió una y… unos cajones para la ropa y un espacio para los artículos de aseo personal de los niños, nada interesante.
Luego deslizó la otra puerta, esta interrumpió su recorrido al atorarse, Claudio ejerció presión para destrabarla sin conseguirlo, un ruido a su espalda y la sensación de alguien respirando en su nuca… volteó violentamente, alarmado y con los pelos de punta… ¡Nada! Suspiró aliviado, luego regresó su rostro hacia el closet y de la parte que quedaba abierta, una cara demoniaca con expresión de odio lo miraba… dando un salto enorme hacia atrás, cae de espaldas, quedando pegado a la pared, junto al buró, entre la cama y el closet… fue entonces cuando , horrorizado y mudo de pánico, pudo observar al ser que poco a poco salía del guardarropa… sus ojos eran color verde botella, inyectados en sangre, el ceño fruncido, así como la frente, denotando la rabia que sentía, sus brazos muy largos, a pesar de lo pequeño de su cuerpo, su color blanquizco, parecido al de un pollo pelado metido en agua hirviendo, su boca… más bien, unas fauces de dientes afilados, de varias hileras, semejantes a los de un tiburón, se abrían y balbuceaban palabras ininteligible y gruñidos de furia desquiciada.
Pudo observar sus garras, curvas y agudas como las de un lince. Tras unos segundos de mutua observación… ¡el monstruo se abalanzó contra Claudio!
Ismael, iba ya a media escalera cuando escucho algo que caía pesadamente, su primer impulso fue salir corriendo, pero el pensar que su amigo tal vez se hubiera caído y lastimado, lo detuvo.
El ruido de alguien que se debate y lucha llegó a sus oídos, proveniente de la segunda puerta en el pasillo, ésta se encuentra abierta y hacia allí camina temblando como flan, el sonido de disputa cesa y es ocupado por algo semejante al ruido que hace un perro al beber agua de su plato, llega al fin a la entrada de esa habitación y lo que ve lo deja petrificado: ¡Sobre el suelo se encuentra tendido Claudio y sobre él, devorando su rostro frenéticamente, un horrible hombrecillo, que arrancaba con sus pavorosos dientes la nariz y piel del rostro del infortunado niño! Luego, al sentir la presencia de Ismael, voltea con expresión sádica y demencial, con esas fauces sangrientas y entreabiertas y una sonrisa de salvaje satisfacción más parecida a una grotesca mueca, que deja ver esas hileras de dientes triangulares… ¡Ismael da un grito espeluznante y la criatura del averno, salta sobre él con agilidad felina! … Todo se torna obscuro y cae en un abismo negro de inconciencia.

La primavera está llegando a su fin y el calor se vuelve aún más intenso, el verde de la vegetación que adorna las avenidas de ese feliz poblado, es espectacular y todo luce más hermoso, el aroma a flores inunda el ambiente y la gente, que transita sus calles, se ve contenta y muy relajada, pues el entorno los cobija y los hace sentir muy cómodos.
Han pasado tres semana desde que Claudio, el niño rebelde y problemático del pueblo, huyó de su casa y no se le ha vuelto a ver, acostumbrados a sus andanzas, no les extrañó su ausencia, quizá, en poco tiempo, se le vuelva a ver por allí, haciendo sus travesuras, como es su costumbre.
En una casa de nivel medio alto, un niño modelo, que acostumbra estar solo pues sus padres trabajan gran parte del día, sonríe, contento a pesar de su aparente soledad. Enfrascado en su libro de matemáticas, resuelve un problema aritmético con gran facilidad. Ismael parece contento, nada lo perturba y se le ve gozar de su aprendizaje, sus papás llegarán, como siempre, en la noche. Siente hambre, baja las largas escaleras de su casa y se dirige a la cocina, abre el refrigerador, saca la caja de la leche y luego de llenar un vaso de cristal, busca en la alacena el chocolate, pone dos cucharadas en su vaso y lo mezcla con el lácteo, después saca sus galletas de vainilla y chocolate y las coloca dentro de un plato de plástico, va a abandonar la cocina, cuando recuerda algo, vuelve sobre sus pasos y va otra vez hacia el refrigerador, ésta vez, abre el cajón de la carne y saca un gran trozo de una charola de tapa transparente de cristal, la vuelve a tapar, cierra el cajón, luego el refrigerador y pone todo sobre una charola. Sube las escaleras y regresa a su cuarto, pone sobre su escritorio la leche con chocolate y sus galletas, luego, cerciorándose que nadie lo mira, camina hacia el closet y abre la puerta donde está un tubo para colgar en ganchos su ropa, lleva en la mano el gran trozo de carne y lo ofrece diciendo: ¡Ya debes tener hambre, no creas que te he olvidado! ¡ come y que tengas muy buen provecho! Lentamente, se asoma del interior del closet, el duende voraz y carnívoro que se ha mudado a la habitación de Ismael, ahora él le hace compañía, ya no estará más solo.

Toma la carne y se mete rápidamente a su escondite, Ismael cierra la puerta y regresa a su escritorio, sus galletas se ven deliciosas y las come con gran satisfacción, acompañadas de la leche sabor chocolate.

La noche está a punto de llegar y con ella, al fin sus padres, cansados de un duro día de trabajo, regresan al hogar, no se preocupan, pues Ismael luce feliz, como nunca, parece que al fin, esa melancolía que discretamente llevaba en el alma ha desaparecido y un nuevo niño, aún alumno ejemplar, pero con una sonrisa eterna, ha ocupado su lugar. Cena y termina su tarea, sus padres se despiden de él desde la puerta de su habitación y apagan la luz. El niño, cansado pero contento, dice en un susurro con la mirada hacia el closet: Descansa, mañana será otro día. Pone la cabeza en la blanda almohada y en cuestión de segundos, duerme plácidamente, su guardián y amigo, vela ahora sus sueños.

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