#TALADROLITERARIO DESEO COMPARTIDO

#TALADROLITERARIO

DESEO COMPARTIDO

Por Eclécticus

Caminando sediento, con el rabo entre las patas, mirando en todas direcciones en busca de algo que comer, pueden notarse las costillas a través de su delgada piel, se acerca amistoso a alguien con la esperanza de recibir una dádiva o una caricia consoladora, mueve la colita y agacha la cabeza con las orejas hacia atrás, humilde. El sediento animalito se acerca con la esperanza de poder beber un poco a una señora con mandil y algo pasada de peso que lava el frente de su casa con agua, se le escucha gritar: ¡Sácate mugroso! ¡No estés fastidiando! Levantando la jícara con la que riega, arroja agua al temeroso can, éste no puede esquivar el líquido y es mojado en la cara, al sentir la agresión, sale corriendo asustado, pero en parte aliviado por la frescura del agua que quedó en su hociquito y cabeza, bebe las escasas gotas que quedan al alcance de su lengua mientras galopa para ponerse a salvo y después de una carrera de dos cuadras y seguro que no lo siguen, aminora el paso y continúa su camino, triste y desolado.

Ahora el sol cae a plomo, son las doce del día y el calor veraniego arreció, un charco de agua putrefacta a punto de la evaporación, sirve para dar unos tragos al sediento perrito, el sabor ya no le importa, tampoco el nauseabundo olor que es todavía más penetrante dada la agudeza de su fino olfato, con alivio da unos lengüetazos y al fin humedece su garganta pues no puede decirse que se refresca pues el agua sucia está tibia por el inclemente sol que quemante, calienta y seca todo.

Precisamente, es su olfato el que lo guía a un viejo mercado, donde diferentes aromas deliciosos, se entremezclan y lo hechizan, haciéndole producir saliva. Camina entre la gente, que al verlo, con ademanes agresivos y desdeñosos lo espantan, lo alejan, con una expresión en los rostros de desagrado y rechazo.

Llega a la sección de carnicerías y con una mirada cándida y expectante, aguarda, quiere llamar la atención de quienes despachan tal delicia, lo ignoran por un buen rato hasta que alguien lo mira… y cuchillo en mano, sale del mostrador para agredir al animalito, éste, al ver al energúmeno que se le viene encima, corre como alma que se lleva el diablo, se escuchan insultos, el torpe ser humano no logra darle alcance y regresa entre carcajadas a su negocio, festejado por sus compañeros que ríen también como si hubiera sido una gracia hacer correr aterrorizado y con los ojos totalmente abiertos por el pánico, al inocente hambriento.

Aún más fatigado y casi en inanición, el famélico peludo llega al basurero que se encuentra en la parte trasera de ese mercado popular e impulsado por su irrefrenable hambre, busca entre los desperdicios algo que llevarse a la boca. Hurga hasta que encuentra una bolsa que contiene vísceras en estado de descomposición, la mira incrédulo de su gran fortuna y sin pensarlo dos veces, rompe el plástico y comienza el “festín”, mastica frenético, mirando a todos lados con sentimiento de culpabilidad, pues el mundo le ha hecho sentir que el comer se le está negado, ya que al suplicar por alimento, invariablemente es agredido, lastimado y perseguido, como si ese acto instintivo y natural, fuera terrible y merecedor de los peores castigos, por eso, en la clandestinidad, el buen amigo, apura los trozos de ese que en aquel momento, se le figura un suculento banquete, digno de reyes.

Con el estómago menos vacío por ese día, busca un lugar seguro para la siesta, está realmente cansado, lleva varios días andando, errante, buscando algo más que alimento, alguien perdido, a quien lleva en un sitio insustituible de sus recuerdos y un lugar permanente en su corazón. Su maltrecho cuerpo le exige descanso. Al fin, en un callejón, tras unos contenedores de basura, halla un hueco que lo protege del sol y lo oculta de los hostiles del lugar, como es su costumbre, da tres vueltas en su sitio antes de echarse, ceremonia infaltable antes del descanso y ya acostado, poco a poco, el peso de sus párpados que es insostenible lo vence y cierra los ojos, aún temeroso del injusto maltrato de todos.

Después de unos minutos, comienza a soñar y en ese sueño, se ve corriendo en una hermosa pradera llena de verdes pastizales, con flores aromáticas multicolores y mariposas de brillantes tonos, revoloteando aquí y allá, manantiales de agua cristalina son depositarios de una hermosa cascada que, cual precipitación de hebras de plata, cae fresca y apaciguadora, el cielo, azul, como un alma triste y pura, es matizado por nubes de espeso algodón con formas caprichosas que , curioso, lo hacen mirar, buscando alguna de silueta familiar, el viento, fresco camarada, acaricia su rostro amigablemente, feliz salta lleno de jubiloso vigor, luego, en un montículo de húmedo musgo, una pila de deliciosos huesos lo invitan a darse un atracón, él, brincando como oveja celebrando la primavera, se dirige hasta allí. Puede sentir el apetitoso aroma y luego ese sabor que lo lleva al paroxismo de la alegría, su linda cara de perrito mestizo esboza una sonrisa de oreja a oreja, mordisquea encantado su tesoro óseo y luego se deja caer a un lado, en esa alfombra verde que lo acoge con agrado, siente una gran paz y un bienestar que lo hacen ladrar con total felicidad.

De pronto, tras un árbol de grueso tronco y denso ramaje, una voz familiar lo hace levantar las orejas, lo llaman por el que alguna vez fue su nombre: ¡Bruno! ¡Brunooooo! ¿Dónde estás precioso? Entonces ve a una niña, su amada amiga, con la que fue enormemente feliz el poco tiempo que tuvo para disfrutar de su amor y cuidados ¡Lo buscaba! ¡Lo quería otra vez a su lado! Se incorporó de un salto y corriendo con toda la fuerza que daban sus patitas, fue a su encuentro ¿Por qué tuvieron que separarlos? ¿Por qué un día funesto, la mamá de Lulú le puso la correa, lo subió al auto y sin esperar a la niña, arrancaron sin más? Anduvieron largo rato sin que ella lo mirara siquiera, como si no existiera y después aparcó en un sitio desconocido y allí lo bajó. Él pensó solo en jugar con la mami de Lulú cuando vio lo que ella traía en la mano, ese osito de hule desgastado que tanto le gustaba, dando vueltas de alegría, aguardó a que ella lo arrojara para que como de costumbre, él , en un divertidísimo juego, fuera a traerlo. Lo lanzó muy lejos, tanto como la fuerza de su brazo se lo permitió y feliz fue a recogerlo, llegó hasta él y lo tomó con gusto entre sus dientes, pero al voltear, horrorizado ¡Pudo ver como el coche con su familiar se alejaba! Desesperado, corrió aún con el juguete en la boca, galopando con todas las fuerzas que sus patitas eran capaces de hacerlo, fue inútil, el auto se perdió en la distancia y fue la última vez que lo vio.

¡Ahora estaba allí Lulú llamándolo insistentemente con los brazos abiertos! ¡Nada más importaba! ¡Bruno! ¿Dónde te habías metido travieso? Y brincando se refugió en sus brazos, ella lo estrechó con cariño. ¡Era el colmo de la dicha! Ella lo riñó cariñosa ¡No quiero que vuelvas a separarte de mí! ¡Te he extrañado muchísimo, no lo vuelvas a hacer! Y el peludo, extasiado, lamía el rostro de la niña y movía el rabito y con él, todo el cuerpo, en una muestra de amor infinito. Súbitamente, se escucharon unos ladridos que se acercaban a ellos de prisa, el rostro de su amada amiguita se desvaneció dolorosamente, dando paso a su cruel y despiadada realidad… Los potentes ladridos de la jauría del lugar lo sacaron violentamente de ese maravilloso sueño. Estaba acorralado, eran cinco perros que se precipitaban hacia él. Como pudo, se puso en pie y sin ninguna opción, corrió hacia el frente, directo al grupo e impulsado por el pánico y la desesperación, pudo pasar en medio de ellos como exhalación, no sin llevarse una terrible mordida en el hombro que le atravesó la piel y le hizo aullar de dolor, pero no dejó de correr, los agresivos perros ya lo perseguían a poca distancia, recorrieron el callejón como exhalación y rápidamente llegaron a la esquina. No pudo reparar en lo que lo embestía cuando cruzó la calle sin mirar, el infortunado perrito fue atropellado y lanzado a varios metros de distancia. El golpe fue contundente, brutal, luego de caer en el carril de contraflujo un auto más le pasó por encima, rompiendo sus frágiles huesos y haciendo estallar sus vísceras.

Los perseguidores se frenaron en seco y luego, impávidos, regresaron a su territorio, caras y rabos erguidos, satisfechos de la defensa de su feudo.

Un compadecido automovilista al ver la escena, se detuvo metros adelante, bajó de su coche y jugándose la vida, llegó hasta donde yacía el pequeño, cargó y retiró del arroyo vehicular el cuerpecito masacrado del amiguito peludo, dejándolo sobre la banqueta para luego regresar a su automóvil, el buen hombre dio un último vistazo al lugar donde yacía la infortunada víctima, meditó unos segundos y con una mirada de tristeza y resignación se marchó de allí.

Alguien que pasaba dijo en tono seco e indiferente: ¡Échenle cal para que no apeste! Allí quedó el flaquito de la mirada cándida y triste, el caminante obstinado que buscaba a alguien muy amado, sin perder nunca la esperanza, estoico ante el cruel sufrimiento que trae la soledad y el abandono, fue dejado a su suerte, desvalido y vaya que la estrella guardiana se ocultó para él o quizá…

Se le pueda ver ahora saltando feliz en esa verde pradera de las flores aromáticas y las coloridas mariposas, de los manantiales de límpidas aguas, de la hermosa cascada, del cielo azul profundo y las ovejunas nubes, del fresco musgo y su enorme pila de deliciosos huesos, disfrutando como nunca del tierno amor de Lulú, su incondicional amiga, tal vez así sea, el inocente del alma nítida y clara, brillante como un rubí, se lo merece, sé con certeza que compartimos ese deseo.

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