#TALADROLITERARIO LO ABRAZÓ, LO COBIJÓ… LO CONDUJO…

#CuentoCorto

#TALADROLITERARIO

LO ABRAZÓ, LO COBIJÓ… LO CONDUJO…

Por: Eclécticus

Diciembre… diciembre jamás será igual…
Una llamada repentina y un: Te llama tu hermana… abrieron el telón de la crudeza de la vida…
¡Mi papá… quiere vernos a todos… quiere hablar con nosotros! Sentí una mano de acero atenazando mi corazón, una súbita angustia y la casi certeza de que el final se acercaba.
El día acordado nos reunimos para hacer el viaje a la ciudad donde mis padres se habían asentado, un lugar muy bello y tranquilo, acorde a la vida sana y serena que la gente jubilada busca.
El trayecto fue como cualquier otro… casi.
Contando anécdotas, las mismas vivencias chuscas que a pesar de haber sido contadas mil veces, nos hacían doblarnos de risa una vez más… luego la parada en un restaurante del camino y ya en el plato fuerte comenzó la verdad para mí hasta ese momento sospechada, a aflorar…
¡Mi papá está muy mal… el médico diagnostica que sólo es cuestión de días…!
El mundo se hizo pedazos ante mis ojos y… mil imágenes entrañables, sonidos y aromas llegaron como caballos en tropel a mi mente y sentidos… ¡No podía ser…! Él, qué siempre sorteó todo mal… todo problema… el que hacía lo imposible, algo alcanzable…! ¡¡Noooo!!
Las lágrimas acudieron a esos diez ojos… comprendo que cada quien siente y expresa a su manera… sin embargo esta ocasión nos hizo consanguíneos idénticos y nos hermanó aún más.
Terminó al fin esa parada culinaria y el alimento supo a nada después de hablar de papá.
Subimos al coche y casi en silencio recorrimos la distancia faltante a nuestro destino: ¡La casa de nuestros padres!
Llegamos al fin y estacionamos el auto. Desde afuera se veía como siempre: Acogedora, cálida…
Un inmueble que parecía cobrar vida y extender brazos invisibles para darnos la bienvenida.
Tocamos el timbre y luego de un minuto, la puerta se abrió… mi mamá se veía sonriente… pero su risa no era la misma… ¡A pesar del dolor, ella intentaba brindarnos su mejor cara!
¡Hola muchachos…! ¿Cómo están? Ella lo sabía… nada bien. Sin embargo respondimos: ¡Muy bien mamá… que gusto verte! Y entre abrazos no hizo pasar.
Todos reunidos en la estancia, indecisos de ir a la habitación donde mi papá descansaba… tomamos camino a la cocina al fin. Ahí nos sentamos a la mesa, en el desayunador y comenzamos a hablar… decidiendo ir sin más dilación a ver a nuestro padre… ¡Previa promesa de no llorar en su presencia!
Entramos al acogedor cuarto principal de la casa donde mi papá, al centro de la cama nos miró con un brillo de felicidad muy particular en él y que nos hizo dar un vuelco la corazón… ¡No llorar… casi misión imposible!
¡Hoooola muchachos! Nos dijo con débil alegría… Tuve que detenerme y desandar el camino… salir de la habitación… ¡El llanto fue inevitable! Luego de recobrar el aplomo, de calmar ese sentimiento de tristeza infinita… regresé al cuarto.
Terminaban ya todos de saludarlo cuando al fin llegó mi turno y… pude ver sus ojos… queriendo verse alegres, luchando por parecer felices… con una tristeza honda, consciente de la cercanía del adiós.
Lo abracé con cuidado pues se veía muy frágil, pero con firmeza e infinito amor… ¡Quería anclarlo al mundo… que nunca se fuera!
Luego del abrazo largo y de, en secreto, en su hombro derramar lágrimas furtivas… me puse de pie y el intuyendo que algo sabíamos, nos volvió a sonreír para alentarnos.
Rodeamos la cama y comenzamos a charlar de cosas intrascendentes que en esa hora eran totalmente trascendentes… ¿Cuánto tiempo más nos ibas a bendecir con tu amadísima presencia?
Luego de platicar de todo un poco, notamos que estaba un tanto fatigado y le dijimos que íbamos a la cocina, él experimentando esa ligera fatiga, nos dijo que estábamos en nuestra casa como siempre, que dispusiéramos de lo que quisiéramos. Salimos entonces y allí en la cocina, comenzamos a intercambiar impresiones… en una cosa coincidíamos todos… ¡La enorme tristeza que nos embargaba!
Pasó alrededor de media hora y fue entonces cuando mi mamá fue al desayunador a llamarnos: ¡Su papá quiere hablar con ustedes… pide que todos vayan con él a la habitación…!
Un escalofrío nos recorrió a todos y nos miramos a los ojos comprendiendo de lo que se trataba…
Acudimos a paso lento a su presencia y a su llamado inusual. Ya allí nos miró a todos y cada uno recorriéndonos con esos ojos amables pero cansados y luego comenzó a hablar:
Muchachos… quiero que sepan… que mi final está muy cercano… que la inevitable despedida se avecina y quiero despedirme de ustedes, pues no deseo irme sin mirarlos a los ojos y agradecerles el haber sido los maravillosos muchachos que siempre fueron y son y que sepan el inmenso orgullo que cada segundo de mi vida sentí gracias a ustedes… Los quiero muchísimo y estoy seguro que este adiós no es para siempre… sé que tarde o temprano, el gran cariño que nos une, hará que allá en el lugar a donde vaya… también ustedes lleguen y seguro estoy que nos reuniremos felices… porque la magnitud de nuestro amor no permitirá que sea de otra manera… ¡Los quiero muchísimo… hijitos adorados!
¡En ese momento el llanto contenido brotó sin control y todos conmovidos, devastados, tristes hasta el hueso, dejamos correr las lágrimas y en sollozos convulsivos intentamos decir algo…! Externar ese amor inconmensurable a nuestro padre… ¡El ser más importante de nuestras vidas!
Tuvimos que aguardar para serenarnos y poder expresar claramente, ese torrente de emociones y cariño desbordante que poco se nos hacía para demostrar el inmenso dolor y repentino vacío que cundió en nuestras heridas almas destrozadas.
Uno a uno fuimos diciéndole allí, cerca de su lecho, lo felices que fuimos siendo sus hijos, las alegrías incontables que nos dio, todo ese cúmulo de cultura que nos acendró, sus increíbles charlas que jamás nos aburrieron, muy por el contrario, eran nuestro deleite y lo paladeábamos con infinito placer, el orgullo enorme de tenerlo como gran ejemplo, un hombre en toda la extensión de la palabra y más, un ser cariñoso que podía conmoverse hasta las lágrimas y también uno que afrontaba una dificultad con prestancia y bravura. Recorrimos la infancia y la adolescencia codo a codo y ese amor se hizo el más grande que se puede concebir… Y ahora allí postrado… se nos iba… ¡y era para siempre!
A todo esto… mi mamá nos miraba en silencio, no acertaba a percatarse que él se estaba yendo… que su compañero de alegrías y peripecias de casi cincuenta años, la dejaba y aun contra su voluntad, se iba para no regresar… ¡O tal vez era un mecanismo de defensa en el que la negación, el escepticismo, el pensar que todo era un mal sueño, la ayudaban a afrontar lo inevitable!
Fue una noche de ríos de llanto, de sincerarnos y proclamar a los cuatro vientos ese gran amor que a pesar de ser evidente, en ese momento se quiso poner totalmente en la superficie… desnudo… tal cual era.
Mi papá, fatigado por las emociones, cerró los ojos y decidimos dejarlo descansar… salimos de la habitación arrastrando los pies y llorando si poder evitarlo… silencio y llanto… llanto y silencio.
Mi hermano menor, se quedó en la casa con su familia a acompañar a mis padres, los demás tuvimos que regresar a la ciudad con nuestra gente pues mi papá en ese momento estaba estable.
Faltaba ya muy poco para navidad y todos teníamos la esperanza que mi papá tuviera el ánimo y la fuerza para ese día tan especial… pero no fue así.
Cada quien pasó las navidades con su familia y frecuentemente llamábamos para informarnos del estado de salud de nuestro padre.
Un día después de navidad, nos enteramos que mi papa sufría unos calambres terribles y que dado lo grave del dolor era necesario llevarlo al hospital.
Ingresó y allí estuvieron mi hermano menor otra vez, uno de los medianos y… mi mamá.
Así fue como supimos, por medio de ellos que mi papá mejoraba en la cuestión del dolor y nos tranquilizamos un poco.
Llegó el día 28 de Diciembre y justo a las tres de la madrugada… recibí la fatídica noticia: La voz de mi hermana… ¡Hermano… ya… ya…! Yo completé la oración… ¡Ya ocurrió…! ¿Verdad?
Y entre sollozos me confirmó que así era. Le di las gracias… luego… apresuradamente, tomé mi teléfono y en mi listado de música busqué el Aria de ópera que él siempre me ponía porque sabía que esta me conmovía tanto que terminaba a lagrima viva: Nessun Dorma!… Al fin la encontré y dándole play dejé que sonara… tan viva… tan majestuosa… tan conmovedora… y en ese momento ¡Más que nunca! ¡Mi llanto brotó y no paró hasta buen rato después de haber terminado el Aria…! ¡Un pequeño… minúsculo homenaje al más grande hombre que existió en mi vida!

En esa habitación del hospital, dos de mis hermanos y mi mamá acompañaban a mi padre que reposaba después de recibir su medicamento, entonces entró el médico y les pidió salir pues tenía que revisar a mi papá. Ellos lo hicieron y esperaron afuera. Luego de un rato, les pidió entrar de nuevo y les dijo: No puedo ni debo mentirles… es cuestión de unas horas tal vez menos… despídanse de él y confórtenlo… es lo mejor. Y en silencio abandonó el cuarto.
Mi padre no escuchó eso, sin embargo él sabía muy bien lo que estaba ocurriendo… ya no hablaba, solo se daba a entender con la mirada y apretones de mano.
Estuvieron un rato con él y mi mamá le dijo a uno de mis hermanos:
¡Déjame salir un momento… me siento muy mal…! ¡No quiero que me vea así tu papá! Entonces él le dijo que fuera… pero que no tardara.
Ella salió al pasillo… no quería regresar… no sentía la fuerza necesaria para verlo exhalar su último aliento.
Se recargó en la pared pues sus piernas cansadas apenas la sostenían… parte la larga jornada… parte la tristeza abrumadora que consumía toda su energía.
Entonces escuchó la voz de mi hermano a sus espaldas: ¡Mamá… tienes que estar adentro con él…! ¡Son sus últimos momentos y juro que lo que se quiere llevar para siempre, es tu imagen acompañándolo…!
Ella… dudando un poco… al fin caminó hacia esa habitación… llegó a la puerta y respirando profundo… entró:
Allí estaba mi padre… con el cuello en una posición muy rara… de lado… caído, desmadejado…
Entonces, ella molesta llamó al doctor y al llegar éste, le preguntó alterada:
¿Por qué está mi esposo en esa posición tan incómoda? ¿Acaso no lo revisan periódicamente?
El medico lo observó… luego moviendo la cabeza en ademán de negación, le dijo a mi madre: ¡El mal ya llegó al cerebro… ya no controla su cuerpo… el final está muy cerca…!
Entonces ella se aproximó a su cama y después de que lo hubieran acomodado y se retiraran de ahí, lo abrazó con mucha serenidad.
Mi papá abrió los ojos y ella comenzó a platicar con él.
No te preocupes por favor viejito… Aquí estoy para ti… yo voy a estar muy bien… tengo a nuestros hijos que siempre van a ver por mí… no te vayas preocupado… no te angusties…. Todo va a salir muy bien…
Entonces él cerró los ojos… pero acto seguido los abrió de nuevo… algo le preocupaba.
¿Tienes alguna preocupación que no te permite descansar? Entonces… ¡La mirada con los ojos muy abiertos y el apretó de mano!
¿Te preocupa dejarme sola? Mirada y apretón de mano
¡No… no te angusties por favor! ¡Voy a estar muy bien! ¡No estoy, ni estaré sola! ¡Ellos son muy buenos y me quieren mucho! ¡Nunca me van a dejar a mi suerte! ¡Por favor, serénate y descansa mi amor…! ¡Vas a estar también muy bien!
Entonces volvió a cerrar los ojos… ¡Pero inmediatamente después los abrió!
Mi mamá luchaba con el gran dilema: tratar de que el permaneciera aquí lo más posible no obstante su terrible estado y su sufrimiento o ayudarlo a bien morir, aunque su corazón se hiciera pedazos… hacerle menos difícil, el camino.
¿Tienes miedo? ¿No te quieres ir a descansar? Y la mirada angustiosa y el apretón se repitieron.
¿Recuerdas aquella vez, que te nos pusiste muy mal y que nos dijiste que anduviste por un camino hermoso, lleno de árboles, de flores y mariposas de colores, con un aroma delicioso y música celestial y que al final de ese camino había una luz y que esa luz era tan bella, tan apaciguadora, tan maravillosa, que ya no querías parar y deseabas llegar a ella para sentir ese placer infinito que te estaba envolviendo? Mirada más serena… apretón más sutil.
¡Aquí estoy yo para acompañarte a la luz mi amor… para que al fin descanses y todos tus males desaparezcan! ¡Te llevo de la mano por ese bello camino bordeado de árboles frondosos, de vegetación de un verde maravilloso y esas mariposas revoloteando por todos lados…! La luz ya te llama… ya la ves más cerca… tu y yo de la mano… libres de preocupaciones… felices siempre los dos… ya puedes llegar a la luz… ya sientes esa paz… esa tranquilidad celestial… la música es hermosa y vas a llegar al fin… seguro y feliz a descansar merecidamente… ¡Yo voy a estar muy bien…!
Mirada serena, fija en algo bellísimo seguramente… sonrisa suave… laxitud de la mano… ¡Se había ido ya!
Mi mamá rompió en llanto… pero era un llanto feliz… pues había estado con el amor de su vida y habían disfrutado de una existencia maravillosa y además la única y fortuita circunstancia de estar con él y acompañarlo en su último aliento… guiándolo a su morada eterna… de la mano… más juntos y unidos que nunca… calmándolo, haciéndolo sentir seguro y acompañado… conducido por el buen sendero… ¡Justo y precisamente por ese gran amor que es ya, uno para la eternidad!
Esos son los amores de leyenda, los que nunca te dejan, los que sufren con tu sufrimiento, lloran tus lágrimas y ven por lo tuyo como por lo propio, que hacen un árido llano, una pradera florida… ¡Esos amores… son de verdad!
Ella le sostuvo la mano hasta el último momento… ¡lo abrazó con ternura… cobijó y menguó su frío y lo guio, seguro y tranquilo, a su última morada!
¡¡Sólo el amor gesta tales historias!!

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